DAMASCOS DEL VERANO

En el campo de verano de prima estival y sus trigos,
eres la Doña
en radiantes juegos del silo
Tú, patrona viuda del reino sin flores.

Yo, el menor de los mozos, 
sentado en las sombras
te miro desde el arroyo 
montando alazán sin montura.

Está el nocturno pasillo que cruzan sus siervos
con velas de sebo y blancos pendones;
fulguran chispazos del día en su alcoba.

En la colcha de seda respiras el hambre,
penetra el jardín de tus pechos
el corazón de mis propias telas.

Sueño desnuda a la Doña 
Me adivinas.
Me atas con uñas, 
Arrancas los miedos más castos.
Me alteras de noche rural y perturbas.

Las sirenas de Venus son muchas, te digo,
pero me sometes por la carne madura
que invade el membrillo con rubio escondite.

Dispongo un telón de voces profusas,
mi entrega rotunda,
fiel a tus brutas baladas, medido a tu antojo.

Tu garbo de Doña lo veta y lo vence.
Entonces, herida de ira de cuero
me azotas con uvas, 
me prendes jinete y repites.

Mi porte solo te importa si sangro.
Soy un chulo venal de alquiler.
No tengo las vueltas. 
No tengo retorno.

Regresa a tus celos primero
y muerde la dulce ocasión imponente,
la mortal picadura.
Soy impoluto si quieres:
tu puto  perfecto.

En el corsé de tu impacto 
soy el más necio y soberbio mancebo.
¿Qué quieres que haga? 
Apenas disfruto el momento.

Abriendo la noche con piernas de fiebre,
estoico soporto tus crudas lamidas,
el arco del vientre, mi cuota de loco;
mi Doña de carnes rotundas, totales.

Ninguna virgen impala en sábanas límpidas
sabe de hervor ni de lampiña apetencia.
Tú tienes la bárbara ciencia.

La flor está ajada y magra de carnes,
no emite falsetes de apremio.
Ni tienen tus ancas, mi Doña, 
el verano vivido.

En este patio no es posible el olvido
cuando al calor del verano 
los damascos maduran
y se pudren, yermos
perdidos.