NORMA JANE (Un poema para recitar en una escalera de emergencia de cualquier supermercado.)




Norma Jane era octubre con revolución,

hambre y ambición.

era sarcasmo, búsqueda y exilio.

horizonte brutal, cosquillas

y todo lo que afirmó Bretón.


En la escalera de emergencia

de cualquier supermercado

Norma Jane era cuerpo asombroso de ciudad

con todas sus trompetas de valquiria.


Era fusil, émbolo, ascensor y manivela de París.

Se merece allí, un monumento doctrinario

más grande que la torre

Se merece un desfile de cigüeñas.


Norma Jane arisca era la diva submarina.

bajo el nado de un tiburón en el acuario de Berlín

profética y mental,

se merecía el Mar del Norte,

su constelación con nombre y apellido

nada menos que una barca de cualquier caleta patriarcal.

¡Chispa de obelisco en la mejor oficina de la Plaza!


Norma Jane era la tropa reaccionaria

y la traición rural.

Enferma de camelias y de dama

reluciente de ováricos fantasmas

y sádica hasta el tuétano de todas mis corbatas

era la última palabra

en mi desempeño empresarial.


Oxigenada en su retrato

y depilada en todas sus pirámides

más sensual que una odalisca

era inmensamente lúcida,

En palabras propias de Rubén Darío

Norma Jane

era sonatina y lúbrica libélula.


Era reflectores en pleno bombardeo

hasta la punta de la lengua ilimitada y libre,

como el aire del ferrocarril

con todo su penacho de locomotora

en la estación de Karenina,

donde un día como Adán, vestido de mujer yo la besé.


Cumplí el protocolo

que pedía su imaginario Vía Crucis

Y la traicioné con varias amapolas

de la ciudad de Roma

Y me traicionó con papas de otras religiones.


Fermento del otario y de los Beatles

era Norma Jane

página anterior y nunca escrita

de un disparo insostenible

era la Provincia Recta de aquelarres,

sultana emperadora,

llena de aguijones de escorpiones y rosales.


Feroz en toda su dulzura que emitía

de un tirón arrebatado

licuó las protestas nimias de mi eximio silabario.

Estocolmo

y todos esos síndromes propios de vejez

quedaron chicos ante tal exquisitez.


Norma Jane

era la tensa cuerda de un soneto

y estallante trazo en mi varita de mago y de Merlín

a cualquier edad de todas las mejores y anteriores.


Norma Jane era supernumeraria como el fado

majadera en los pináculos del Tajo y Saramago

y en sus piernas descosidas de pupitre

era toda una Pessoa palabreando allí en Lisboa.


Era una menina Norma Jane

- lo digo yo - viajando en tren,

clavándome las gotas de su lluvia con placer

que revotan en mi peinado tan propio de la edad

cuando uno se ha olvidado de los besos

y vuelve a enamorar.


Norma Jane era,

sí,

es,

será,

sospecho

- por decirlo de algún modo -

todo el texto de mi biblioteca universal.

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